Es una suerte de secreto que recordamos muy poco, hasta llegado el momento de ejercer nuestros imperativos procesos naturales sumando para esto, una serie de insalvables condiciones: 1) estar en casa. 2) que el cuarto de baño se encuentre desocupado, y 3) que nada urgente nos apremie. Entonces, nuestra peculiar preocupación previa es procurarnos alguna lectura breve que nos sea de interés. Esto puede ser un serio inconveniente si no atinamos de manera previsora, a tener siempre cerca alguna revista reciente o antigua (nos da lo mismo, ¿verdad?), algún librito de pocas páginas, de pronto el suplemento del fin de semana o el periódico del día. Aprendimos a contenernos un poco si no encontrábamos nada que leer en las cercanías y algunos hasta acudimos al librero para elegir, tan cuidadosamente como el apremio lo permita, el tomo indicado para tan urgente momento cultural.
Recuerdo haber leído a Kant, a Borges, y uno que otro poemario de edición compilatoria. En momentos menos intelectuales también pasaron por allí algunos números de la revista “somos”, la programación semanal del cable, y hasta las Páginas Amarillas. En otras lamentables veces, cuando no pude encontrar nada o tenía un poco de prisa terminaba leyendo las etiquetas de los frascos de shampo, el reverso de los tubos de pasta de dientes o las latas de espuma de afeitar, lecturas que no recomiendo por ser sumamente aburridas e inútiles para cualquier conversación.

En tiempos más holgazanes recuerdo haber resuelto crucigramas (cosa complicada porque además del periódico era necesario conseguir pronto un lapicero), en esto encontré eco entre varios amigos que luego de confesar ser parte de la cofradía de los lectores del trono de losa, además revelaron algunas de sus peculiaridades como llevar además del periódico y un lapicero, una enciclopedia o diccionario para poder consultar sobre las materias que no se dominan. No faltó el que prefiere la tecnología y más bien lleva la laptop, con wifi si es posible, o los más modernos que se las arreglan con el teléfono. Hubo consenso en que era aburridísima la lectura recapitulatoria de mensajes de texto antiguos, Whatsapp viejos y chats de Facebook reciclados, en cuyo caso era preferible abandonar el intento y simplemente aprovechar para probar alguno de los juegos que vienen instalados.
Los lugares públicos, en ese sentido, son un desperdicio: la prisa no es estimulante y seria detestable que en lo mejor de la lectura alguien nos toque la puerta. Por eso tengo la teoría de que algunos, en vez de leer, prefieren escribir; en las paredes o en la puerta a falta de superficies más idóneas. Increíbles las cosas que pueden leerse: declaraciones de amor, barras al equipo favorito, degeneradas perversiones sexuales, manifiestos políticos, chistecitos, poesía y hasta devotas oraciones. Más increíble aun, la de los parroquianos que nos tomamos la molestia de leerlas para contárselas después en un blog como este por ejemplo. En cualquier caso, creemos que quizás algún creativo literario, o más bien alguna empresa observadora y oportunista se está perdiendo de importantes sumas de dinero al no atreverse a colocar en los lugares públicos, maquinas dispensadoras de sendas ediciones especiales de “lecturas para el baño” a precios de sencillo, que garanticen unos tres o cuatro minutos de entretenimiento y cultura (y tiempo más que suficiente), aportando así a esta imperativa necesidad de estimular en la gente el sano habito de leer.
¿Usted qué opina?

