Antífonas de cielo blanco

Como en un grifo mal cerrado gotean los minutos y se pasan volando, ocupados en cosas importantes sin tiempo para vivir. Nadie espera más de estos habitantes en la ciudad húmeda, resignada a mirar el blanco de este cielo sin azul. Egresados de la ciencia y del sentido común nos aferramos al tren de la vida que es para otros, haciendo de sus causas las nuestras, convenciendo al espejo que no queremos hacernos un par de preguntas, deshabilitando en lo posible toda ocasión de adquirir conciencia. Lo demás son cojudeces. Así amanece y despierta quien quisiera seguir durmiendo, atareado en complacer a quienes cocinan promesas con teflón para el desayuno. En el oficio de las manecillas se cuelga el oxido del invierno: seremos más sabios cuando la nube regrese a casa y nos deje mirar el azul.

Si pudiera imprimir unas letras en el techo de niebla, usaría tinta blanca, que los curiosos pongan de su parte al imaginar los secretos que la garúa esparciría sobre todas las cabezas como una blasfemia delatora y contumaz, dividida en millones de centímetros cúbicos de silencio. Algún mortal inteligente o estúpido quizás se dé cuenta de la treta y quede redimido de esa condena. Mientras tanto sentencian los relojes al momento presente, confinando la consciencia a la prisión del siguiente peldaño. Si la vida fuera nuestra, quizás hoy querríamos hacer algo distinto, por que donde hay frustración, hay un hombre alejándose de sí, naufragando en el mar de los anhelos.

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