La neblina celeste despertaba sobre los tejados. El alba me permite estar de pie en las cornisas, flanqueado por pájaros de mañana. El frío era una bruma de pétalos infiltrándose con pereza por mi camisa.
Había librado una batalla repleta de dioses sin ningún testigo. Estaba exhausto. Aquella noche me oyó pronunciar conjuros para disimular mi agilidad y no venderme tan barato a la prisa que siempre espera, con toda calma.
Tánatos miraba de reojo sin poderse acercar – las aves se lo impedían -, el fenecer de la noche todavía se agitaba en el aire, tan volátil que salté de la cornisa sin miedo al vacío, gravitando los tejados en un vuelo que otros llamarían caída. Mi pereza era absoluta y en mi viaje hacia abajo no se requiere el menor esmero. En mis huesos paseaba el canto de las madreselvas, de amaneceres aun por llegar, cosas que no tienen verbo posible que las guarden de la luz; y ahora en todo el orbe se hacía de mañana, desbarrancando el aliento hasta los recovecos que guardan el primer latido.
Inhalaron mis oídos el vapor de los sueños, esperándome en la mesa, despertando desayunos.

