Mi hermano era un gigante

Mi hermano mayor era un gigante, en esos tiempos de ir y venir al jardín de infancia. Así lo veía: un gigante. Mi humanidad le llegaba a las rodillas y debía dar cinco pasos para contar uno de los suyos. Era muy entretenido, sabía contar buenas historias para el camino y siempre tenía alguna adivinanza para atormentar mi cabecita por un par de cuadras. Cuando íbamos por la calle Acevedo, la realidad se transformaba siempre en algo nuevo y a veces curioso. Era culpa de las casas, cada una distinta a la otra. Estaba la casa del perro amargado, que ladraba a la gente asomando el hocico fuera de las rejas. También  la casa del monito, que tenia columpio y todo, para mi era una especie de zoológico en chiquito. Antes de llegar al primer parque, en una curva estaba la casa-piscina, que tenia en la entrada unos escalones flotantes sobre una especie de tina con mayólicas celestes, iguales a la tina donde me bañaban y me entraba shampoo a los ojos, cosa que comencé a odiar. Un día se me ocurrió que podrían bañarme allí, en la entrada de esa casa y a la vista de todo el mundo;  todos los vecinos me verían en cueros y yo querría que me entierren de vergüenza.

Luego estaba la casa misteriosa, un sitio que no tenia ventanas ni jardín, solo unas enormes puertas metálicas y su pared pintada de rosado. Siempre se escuchaba un zumbido proveniente del interior, pero nunca me enteré de qué se trataba.  No tenia timbre y nunca vi entrar o salir a nadie. La casa tobogán tenia una rampa bastante mas inclinada que la del resto de los mortales y era ideal para dejar rodar bolitas o carritos, pero nunca había tiempo de detenerse lo suficiente entre las enormes zancadas de mi hermano. La casa del loro era verde en concordancia, pero me gustaba que además del lorito, habían armado unas pajareras con rotundo éxito. Esa era mi casa favorita. Solía adelantarme varios metros para poder mirarla más tiempo. Finalmente aunque lejos de allí, la casa de la bruja, que tenia pintado hasta el techo los signos del zodiaco y al fondo de la entrada había una sirena rosada, donde años mas tarde con los amigos de la cuadra organizamos incursiones para paliar nuestra curiosidad.

Bueno ya llegamos al jardín de infancia, me abren la puertita, buenos días joven, pórtate bien, hazle caso a la miss Yolanda. Mi gigantesco hermano daba media vuelta alejándose a grandes trancos mientras la señorita me hacía pasar junto a los otros niños. Aquí comenzaba la parte aburrida de la historia.

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