Por la garganta de mí,
haciendo homilía del gimoteo,
de vino y de sal;
de lo que supe y lo que ignoré;
así lo trago como brebaje rozando mis entrañas.
El norte de mis puntos cardinales,
planisferio que subsiste con los polos a la espalda.
He visto dónde terminan los muelles de pimienta,
y algunas tardes respiro esa brisa
ahogando el amago del ocaso
donde se pierden las cosas que amamos.
Imagino tu corona radiante,
tu dicha gigante como campos de flores,
tu cáliz que sigue al sol,
y cruzo todos mis dedos por ello,
aunque no se pueda comprender.
Y sigues ardiendo libre,
atizando el madero de la lumbre.
Y tal cuál he sido
el verdugo de mis flores,
mis atardeceres y mis noches,
que no andan ni esperan,
que solo están vagando
por mis páginas
por el aire,
por ahí.
