Serenata incognita

Algo canturreaba desde el balcón. Estando yo más tendido que las sábanas; escuché al principio con vaga atención esperando que cesara sin perturbar el reposo, pero después me venció la curiosidad antes que el sacrilegio de romper el silencio con mis movimientos de sonámbulo. He tomado aire para oxigenar mi pereza y luego me deslizo de la sábana, tratando que el edredón ignore mi escabullida (y de volver lo más pronto posible). Fui tan descalzo como pude, dando pasos flotantes con los meñiques sobre el piso helado. El canturreo estaba ahí, nostálgico como plegaria de pájaro enjaulado cuando todos los oídos andan ocupados en la feligresía del sueño. Llegué hasta umbral y una cortina de lino era toda la resistencia que mi curiosidad debía superar. Un dedo bastó para abrir una brecha y saciar mi impertinencia.

No era un ave.

No sé decir qué era; pero me observó directamente y sin parpadeos, con gran atención. No trató de huir. Desde sus pequeñas proporciones resistió mi presencia con el aplomo de una mirada que no me temía; como reclamando el derecho de no ser visto. Lo comprendí y de inmediato me di vuelta con profunda veneración, sintiéndome un poco culpable de lo que había visto. Llegue a mi cama, me enrollé entre las sabanas y en la madrugada hice todo lo posible por olvidarlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *