Cuando niño miraba azoteas desde mi propia azotea, el Sol la abandona con la llegada de la noche; un triunfo repetido que los tejados siempre celebran con una danza de gatos repantigados en el cemento tibio.
Miraba los faroles amarillentos que se reparten a lo largo de la acera como puntadas de un remiendo. No hace falta ser sastre para ver este traje de noche, un poco grande por las mangas, estrecho en el talle y apretado en la cogotera. Esta ciudad tiene agujeros por cerrar.
Solía mirar los árboles asomando entre jardines y avenidas, sus inquilinos anidan la espesura de la calle: ficus, álamos, castaños; pinos puntiagudos balanceados por la tarde pero quietos y austeros de madrugada, dejando dormir a las palomas y avisando que es tiempo de retirada.
Solía mirar la luna que parece reír con la zarzuela de los grillos. Ella se ríe de todo y no le teme a los licántropos ni a la guardia que montan los coyotes en alguna loma del mundo, como la mía.
Todo termina con la salida del Sol cuando está de buenas. Y así se apagan las sombras tranquilamente, sin rencores ni reclamos. Una moraleja me recuerda que a veces, es mejor mirar al mundo desde arriba, como un pájaro; que yacer en la palma de algunos seres selenitas.


