
Y es que sí, el asunto carecía de sentido inclusive para mí que contando ya con cuarenta primaveras aparecí de la noche a la mañana y sin habérmelo propuesto, con los dichosos fierritos. No me eran tan imprescindiblemente necesarios – y menos a mi edad – como lo son en boca de otras personas bastante menores, que tienen la dentadura hecha un carnaval. No era mi caso y había sobrevivido sin penas ni glorias durante cuatro generaciones con mi no perfectamente alineada pero bastante normal dentadura, tan normal que nadie hacia comentarios ni recibía sobrenombres por motivo de ella. Podía asistir a los fueros del juicio final de los dientes tal como estaban, y no hubiera ido a parar a los infiernos de las bocas impresentables. Sin embargo heme aquí con nueva sonrisa aunque tal cosa no estaba en agenda.
La historia.
Una tarde de verano sonaba mi teléfono. Eran días llenos de trabajo y no andaba con mucho humor para pasármela de favores, porque en el diseño gráfico, los favores son tiempo muerto. Al otro lado de la línea, la voz amable de un viejo amigo y odontólogo emprendedor me iba contando acerca de su nuevo consultorio y con él, sus nuevas necesidades: una razón social, un logotipo y toda la papelería necesaria. Haciendo un rápido calculo mental supe que estábamos hablando de una cifra que comenzaba a ponerse interesante. Acepté el encargo, acordamos los costos y me puse a trabajar. Finalmente, llegado el tiempo de la entrega, tras procesos y correcciones había nacido la imagen total del flamante consultorio (y naturalmente, la hora de pasar por caja).
Acordamos reunirnos en el nuevo lugar, que aun no había conocido, para resolver las cuentas y dar por terminado el servicio. Cuál sería mi sorpresa cuando, en lugar de mis honorarios me fueron a precipitar al diván de los odontólogos, con un rotundo «abre la boca». Y si que me dejaron con la boca abierta cuando me explicaron que necesitaba una ortodoncia, ya que, por lo demás mi salud bucal andaba bastante bien, producto de anteriores canjes de servicios gráficos por atención. Considerando los costos actuales de una ortodoncia, parecía un intercambio bastante justo y hasta ventajoso, además me daba un no se qué contrariar el entusiasmo de mi amigo por su primer paciente en su nuevo consultorio, así que sin darle muchas vueltas acepté.
La anécdotas
No sabía en ese momento nada de la extracción de todas las muelas del juicio que me esperaban, unas muelas inocentes, sanas, que no le habían hecho daño a nadie. Tampoco sabía nada de las incontables irritaciones producto de la fricción de los brackets con el interior de los labios al masticar, de la nueva y extraña manera de pronunciar ciertas sílabas, de la dificultad para lograr un simple silbido, y del terror por la posibilidad de quedar enganchado en el eventual caso de besar a alguna novia que también tenga brackets.
Y todo esto sin contar la de papelones que he vivido; como aquella reunión en las oficinas del director de una importante agencia de cooperación, a la cual llegué con cierto retraso debido a un almuerzo acordado con un amigo desarrollador de páginas web. El director, a todas luces un hombre muy pulcro, amable y bien informado; pero la secretaria, a todas luces una mujer muy 90-60-90 y bastante risueña, como si fuera necesario. Todo fue bien, de principio a fin hicimos una reunión amena y propositiva, dándole estratégicos alcances y sugerencias sobre imagen al director, y deshaciéndome en sonrisas con la secretaria. Y fue bueno hasta el momento de la despedida, en que pasé por el servicio donde luego de lavarme las manos y acomodarme un poco el peinado, descubrí que infortunadamente entre los fierritos de mi atenta sonrisa había un pedazo de aceituna junto a una bolita de espinaca y dos granos de arroz, todos ellos atascados y perfectamente visibles producto del opíparo almuerzo que horas antes había tenido y que, sin tiempo para el aseo de rigor omití, como hacemos muchos de nosotros.
Aun no llevo ni la mitad del tiempo que debe transcurrir para que me retiren los frenillos y por lo visto, tengo muchas cosas por vivir (o padecer). A pesar de todo no me arrepiento de mi decisión y cuando todo termine sin duda me hará gracia por mucho tiempo más. Quizás esto debió suceder de más joven, cuando aún había vanidad de por medio que justifique el sacrificio, pero nunca es tarde para seguir mejorando y es por ello que prefiero asumirlo deportivamente y poner buena cara aunque mal rato me cueste, porque finalmente es lo único que uno puede hacer en casos como este: sonreír. Aunque sea con frenillos.

