No era en realidad una gran fotografía, rozaba con suerte lo mediocre. Había decidido someterme a prueba, participar en lo modesto y luego ir subiendo de dificultad. Nada que perder, un torneo distrital para retratar lugares de interés que conocía desde pequeño. Elegí tres locaciones, preparé la cámara, trípode y mi bicicleta; esperé a que cantaran las cigarras y cuando hubo suficiente vacío salí rodando sobre el reflejo del pavimento rumbo a la avenida.
Llegando a la plaza hice unas tomas de escaso interés, muy estimulantes por falta de parroquianos que arruinaran mi encuadre. Algún vigilante me dedicó una mirada oblicua desconfiada pero atinó a no interrumpir. Un ladrido constante sazonaba el podrido de los maderos que enrejaban una azotea y hasta un palomo se animó a hacer horas extra trasnochando desde el follaje. A esas horas el silencio es melodía.
Era fácil dar sustancia al sin sentido abriendo el diafragma a baja velocidad. Hacer encuadres a todo lo que perdió mi interés hace años de tan conocido que era. Es fácil amar lo que conoces poco, perder el misterio siempre es el fin. Y bueno, plano general, plano medio y contrapicado para darle algún efecto y no mucho más. Hace frío y comienza a inquietarme cierta prisa por terminar. Me muevo al siguiente lugar a bordo de mis pedales y ese chasquido que me recuerda aceitar la catalina. Más disparos y menos discreción, captar el campanario de esa vieja iglesia, la pileta que intenta ser antigua y no lo consigue, la nada que me acompaña sumergida en la penumbra. Y llego al último lugar, ese parque que conozco desde niño; plantar el trípode y ajustar la obturación antes del primer disparo. Pasan unos serenos con sus luces azules y total indiferencia, más atentos al murmullo de la radio. Mi objetivo: un ombú de doscientos años plantado según dicen por el libertador de estas tierras antes de su revolución. La noche no ayuda a captar la fronda ni el oscuro de sus marañas en la parte más alta, debo abrir el diafragma hasta el límite dándole mucho menos velocidad. Qué discreción la de mis disparos, no despiertan a nadie, no atraen curiosos ni llaman la atención de la policía; soy el asesino más inocente de la noche.

Listo, regresar a casa traspasado de frio, enviar las tomas elegidas y esperar fingiendo indiferencia. No me iré con rodeos: gané. Recibí un certificado, una invitación de restaurante y un trofeo de vidrio que puse en la mochila. No era mucho, pero salí a casa de un amigo a celebrarlo con unos piscos y mucha conversa, estas cosas no me pasan todos los días. Horas más tarde volvía a casa con la bicicleta y bastante mareado por el licor. El hambre trasnochado me animó a torcer el rumbo hacia esas sangucherías de veinticuatro horas; pan con pollo y papas fritas era todo mi horizonte y sin mayores objetivos crucé la avenida sin fijarme demasiado.
Lo siguiente que recuerdo es haberme levantado del pavimento y caminar hasta llegar a la vereda, salir de en medio de la pista evitando el tráfico y allí mismo me desplomé. Los primeros auxilios me lo proporcionaron los ladrones, se llevaron mi bicicleta, la billetera y la mochila con el trofeo. Después llegaron los bomberos, me subieron a una ambulancia hasta el hospital. Dicen que fue horrible, que esa camioneta color blanco no intentó esquivarme ni tocó la bocina; solo me envistió y continuó con su trayectoria sin detenerse, se me vio volando por los aires y nadie auguró mi supervivencia. Alguien anotó la placa.
En el camino desperté asistido por paramédicos: que no me mueva, que cómo me sentía, que si recordaba mi nombre y lo que pasó. No estaba asustado, me preocupaba más el destino de mi bicicleta y el trofeo sin darme mucha cuenta de la situación, y aunque estaba muy golpeado no sentía tanto dolor. Llegamos al hospital dejándome tendido en el pasillo hasta que alguien se hizo cargo de la camilla. Pruebas, radiografías y muestras de sangre; no sé cuántas horas pasaron en ese trance de llevarme de aquí para allá mientras escuchaba a las enfermeras repetir la palabra policontuso mientras escribían unas fichas. Llegó mi padre, llegó mi hermana.
Pasado el medio día me dejaron levantarme y caminar un poco hasta que un medico hizo que pasara a su consultorio.
-Bueno, ¿cómo se siente?
Le expliqué que me sentía bien, salvo por los golpes y el mareo que no me dejaba. Podía moverme y recordar todo menos el atropello. Lo que me dijo luego me dejó helado:
- En mi experiencia he atendido muchos accidentes similares, de todos ellos, en el 60% de los casos no sobreviven para contarlo. Usted va a salir de alta y caminando, casi ileso, así que yo le recomiendo que comience a creer en algo.
No supe qué responder. Con una sonrisa estúpida le di las gracias al médico y volví a casa.
No fui yo quien hizo la denuncia, es una cuestión de orden la que obliga a los bomberos reportar las incidencias a la fiscalía, y con el número de matrícula llegaron hasta el conductor del vehículo; no prestar los primeros auxilios y darse a la fuga es un delito.
Días más tarde me reuní con el conductor. Existía la posibilidad de aminorar la gravedad de la denuncia si llegábamos a algún acuerdo en que se hiciera responsable por los gastos y pérdidas, firmaría un acta de reconocimiento. Pero no ocurrió, le pareció que mis demandas fueron excesivas, a pesar de ello hice el intento de llegar a algún acuerdo en repetidas ocasiones, como si yo fuese el interesado. Periódicamente la fiscalía me cito para ponerme al tanto del proceso en mi calidad de agraviado, denuncia que no podía retirar porque no era el demandante.
Tiempo después, supe que enviaron a la policía a detenerlo. Puso resistencia, intentó huir por los techos de su vecindario y fue capturado al fin después de sufrir una severa golpiza. Fue encarcelado y ya no supe más. Saber que alguien ha ido a la cárcel por mi causa, es algo que no me alegra.
Los mareos duraron un par de meses y no hubo mayores complicaciones. Han pasado más de diez años desde entonces y a veces hago memoria tratando de encontrar algún recuerdo durante mi inconsciencia, que es lo más cercano a la muerte que he podido estar. Ha querido la vida que no sea parte de esa estadística, 60% que no vive para contarlo. Soy una minoría y debería recordarlo más seguido, o quizás debería comenzar a creer en algo.

