A bordo de un bar con mamparas junto a la calle, vamos navegando los desconocidos. Nadie me acompaña y en lo habitual suele ser esa mi marca mayor. Tengo toda la sed necesaria para esta cerveza al tiempo y no hace falta más frío cuando la garúa se cuela por las fosas nasales. No he fingido ser alguien de cuidado entre los escapularios que los buenos parroquianos veneran en fiestas de guardar, y llevo trajinando muchas millas en mi mente, aunque siempre queda algo de vereda para recoger la memoria que ronda como sonsonete, dando manía lo que resta de la noche.
Es quizás lo que siempre soñé, el quedarme solo y sin hijos que mantener, o esposa que me soporte. Es casi un acto de turismo detenerme a mirar las banderas que los más distraídos olvidaron arrear semanas después de las fiestas patrias, pero algo compartimos en la ignorancia de todo lo que sucede entre la avenida y la parte más estribor de esta nave. Me llama la atención esta mesa de piedra blanca que contrasta con el verde de la botella, y la luz amarillenta de las farolas es una plaga que trato de esquivar por respeto a mis ánimos oscuros. Cómo ven, no estoy diciendo nada, escribo para llenar el tiempo, aunque podría estar haciendo cualquier otra cosa o simplemente irme a dormir, algo que resisto hacer todas las noches desde muy joven. No hay techos suficientes para ser mirados, no hay suficientes mesas vacías ni veredas encharcadas. No hay a dónde llegar y no hay ganas de partir o quedarme aquí. No hay nadie al otro lado de mis pensamientos y en lo lejano queda la hoguera que se encendió con mi sudor, pero nunca me dará su abrigo.
