Parque El Carmen, Pueblo Libre.
Debía tener siete años cuando un amigo jalapatas me incitó a abandonar la seguridad de mi calle, en Pueblo Libre, cruzar la avenida e internarme en esas tierras de bárbaros y culturas no contactadas, más allá de la calle Clement, donde terminaba el mundo civilizado; era una aventura expedicionaria y sin permiso de nuestros padres, como todas las grandes aventuras a los siete años.
Por cosas del destino o premonición de Nostradamus, resultamos en la cabecera de un parque recién acabadito de descubrir. No teníamos una bandera para reclamar la posesión de los nuevos territorios conquistados. El inmenso árbol Ombú nos dio la bienvenida con sus soberbias dimensiones que obligan a mirar hacia arriba (me gusta ese nombre, «Ombú», suena como a dios africano de la guerra o algo así). Cuenta la leyenda que fue sembrado hace dos siglos por el libertador José de San Martín.
En los alrededores de la zona íbamos haciendo cartografía mental y hubiéramos pasado de largo hasta el Estrecho de Magallanes, de no ser por aquella casa vieja de color verde gastado y puertas rosadas que no hacían juego, cuyo portón estaba abierto y permitía mirar el interior. En cuanto vimos la escultura rosada de una impúdica sirena echada y tomando sol con las tetas al aire se nos olvidó el resto del mundo por descubrir. Cambio de planes muchachos: teníamos que acercarnos a como dé lugar. Cruzamos el umbral en puntas de pié, listos a salir disparados en cuanto alguien apareciera, por fortuna nadie apareció, así que proseguimos con la misión. Pronto advertimos unas extrañas baldosas antiguas en el suelo, intercaladas con signos zodiacales que circundaban al Sol en amarillo sobre un piso rojo. En el techo un mural explicaba el origen de la humanidad, Adán y Eva (o algo así) durmiendo el sueño anmiotico y una inscripción que ya no puedo recordar. En el muro del costado tres murales cabalísticos representando el paso de los tiempos, cada uno con su título: «Ayer», «Hoy», «Mañana»; dinosaurios en el primer paño y naves extraterrestres en el último. No era el pincel de un aficionado, los frescos estaban bastante bien ejecutados dándole a todo el conjunto un aire de misterio. Paracelso hubiera estado orgulloso de todo lo que había en ese lugar.
Cuando la conocí tenia más o menos este aspecto
De pronto una oculta escalera apareció a la izquierda, con pinturas de nubes y vuelos de pájaro. La brisa corría más fuerte por dicha escalera, que solo parecía conducir hacia unas puertas cerradas, aunque una de ellas tenía una especie de personaje diablesco empotrado en la pared: había que jalar una perilla y al soltarla sonaba una campanita. Siguiendo por el pasillo de entrada habían jardineras con pequeñas pilas en forma de concha marina, y más allá nos acercábamos a la bendita escultura, la cuál tenía ambas piernas extendidas a modo de banca, creo que esa era su función. Estaba toda pintada de rosado, aunque es probable que originalmente haya sido color cemento. Algunas macetas colocadas adrede impedían tomar asiento. Depravadamente le tocamos las tetas de piedra muchas veces y nos reíamos de la hazaña. El pasadizo se hacía más estrecho al fondo y habían puertas al rededor, así que no nos aventuramos a entrar más allá, lo dejamos a la imaginación, o a las futuras expediciones que junto al resto de la «mancha», de todas maneras íbamos a hacer. A partir de ese día, esa era para nosotros «La Casa de la Bruja» y muy pronto supimos que, sin que mediara ningún acuerdo y nadie nos diga nada, todos los vecinos especialmente los más jóvenes y niños llamaban a la casa de esa misma forma, incluso antes de nuestro descubrimiento, aunque en realidad nunca vimos ninguna bruja y de hecho era un nombre arbitrario sin justificación: no había ninguna habitante en esa casa que mereciera tal título. Hicimos muchas expediciones más, pedimos refuerzos a lo chiquillos de otras calles y cada vez llevamos mejores equipos, pero que tu viejo no se entere, eso sí; linternas inútiles porque siempre íbamos de día; una grabadora, cortaplumas, una brújula; a veces íbamos armados con palos para defendernos en caso de peligro, etc). Prácticamente todos los niños del distrito participamos de numerosas expediciones, hablábamos de la maldición (?) y organizábamos nuevas visitas para desentrañar el misterio que envolvía esa casa.
Un buen día la puerta que siempre estaba abierta fue cerrada en lo sucesivo, y no pudimos continuar con la aventura. Se cerró junto con ella una etapa maravillosa de emociones, imaginación y todas esas cosas que la generación play station nunca entenderá, y aunque en realidad no había bruja, ni encantamientos, siempre seguirá siendo un lugar mágico muy querido por todos los que tuvimos el privilegio de conocerla. Creo que siempre deberían existir lugares así, llenos de cierto misterio donde vuelen las fantasías, se estrechan las amistades y se generan recuerdos queridos de niño, de esos que nunca olvidas.
ACTUALIZACIÓN
La casa al parecer, pertenecía a un inmigrante francés de nombre Jean Dourojeanni. Se sabe que este buen hombre era muy culto, practicaba hábilmente la taxidermia y tenía una colección de animales disecados, insectos en especial; tenía además una gran biblioteca. Era profesor de francés en el colegio Franco-Peruano, y era también un museólogo aficionado al arte. Cuentan que sabía preparar unos panecillos deliciosos que solía vender en supermercados y convidar a los visitantes. Se sabe que sus hijos no viven en el Perú desde hace tiempo, aunque uno de ellos hoy es un naturalista reputadísimo de talla mundial y fundador de la ONG «Pronaturaleza» que por un tiempo tuvo una destacada cátedra en la Universidad Agraria de La Molina. Actualmente vive en Brasil. Navegando por ahí encontré un video de alguien que se atrevió a entrar y muestra el estado actual de la casa, ya casi no quedan los intrigantes murales ni las esculturas. Perdió mucho de su magia.
(Aunque no parezca, el segundo video sí está disponible, haz click para verlo)
