Téndalo

Nadie lo sabe, pero bajo la manga llevo un téndalo. Algo me obliga a llevarlo a todos lados, no sólo el temor a perderlo.

Está claro que es único, no hay otro, y si bien esto no resta ni suma, ser consiente que el mundo ignora su existencia hace que sienta cierto privilegio. Es una oportunidad irrepetible el haberme topado con algo que escapa a los conceptos humanos, porque nunca ha sido visto, descrito o definido. Es lo opuesto al todo y por eso lo mantengo escondido.

La mañana que lo encontré sonreí nerviosamente al levantarlo. Al instante supe que era un téndalo, era obvio; aunque cierta duda me atacaba de rato en rato por mi propia incredulidad. Nunca he sido alguien con suerte entre los millones de don nadie que se disuelven en las rutinas terrestres. Me sentí elegido, pero en lugar de preguntarme porqué yo, decidí asegurarme si era realmente un téndalo y no otra cosa. Una tarea compleja: ¿a quién podría consultar si nadie sabía de su existencia?. Por otro lado, seria un riesgo enorme hacer preguntas ya que esas mismas preguntas estaría divulgando su existencia. Si la gente supiera que tengo un téndalo llegaría de inmediato la envidia, el acoso y los abogados​ que siempre tienen una forma de ilegalizarte si no cuentas con alguna licencia, póliza o certificado que te sostenga. Pero al ser único, las posibilidades de que el asunto termine allí son remotas: pronto vendrían las opiniones y preguntas dispuestas a definirlo, la religión a discernir si es un prodigio de Dios o cosa del diablo; la ciencia conminaría a hacer algunas pruebas para desarrollar hipótesis, y también las fuerzas armadas querrían auditarle para ver si es peligroso o si puede usarse como arma. Los países vecinos entrarían en paranoia porque el gobierno no tiene una versión oficial al respecto y entonces se activarían las redes del contraespionaje internacional e incluso los grandes magnates que dominan los servicios de inteligencia intentarían llegar al fondo del asunto. Por eso, es muy peligroso tenerlo en casa o dejárselo a alguien, no lo volvería a ver y yo, que siempre he sido un tipo menos que promedio, no quisiera separarme de lo único extraordinario que me ha pasado en la vida.

Huelga señalar además que es bello, o eso supongo (no hay nada que sirva para compararlo), en todo caso no me desagrada, por el contrario me provoca contemplarlo mucho tiempo, como a un bebé que sonríe, o como a un avión de papel que acabas de lanzar. He pensado ponerle un nombre como hacían los caballeros con sus espadas, o como hacemos habitualmente con las mascotas, pero temo que ese nombre lo encasille en mi mente y termine siendo algo que asuma de mi propiedad. No sería justo, sé que el téndalo no es mío. Quizás alguno lo abandonó con algún propósito. Detesto pensar en eso, significaría que otro sabe que existe y esa idea me resulta insoportable. Quizás lo esté buscando sin hacer preguntas, como yo haría si llegara a perderle. Por eso debo mantener la mayor cautela y fingir que sigo siendo nadie.

Han pasado semanas y no me deja la duda que está acabando con mis pestañas:

– ¿Realmente es un téndalo?

No puedo más, tengo que averiguarlo.

He pensado que lo más seguro es recurrir a la deep web usando salvaguardas y alguna sub rutina para enmascarar mi posición. Probé husmear a mi suerte por aquí y por allá, romper algunas contraseña y meterme donde nadie me ha llamado. Benditas las cosas que aprendí a los diecisiete cuando hackear era una aventuraFinalmente he llegado a un espacio que teóricamente no existe, aunque ingresé por accidente.

-No deberías estar aquí – fue la bienvenida.

No era hostil, pero me trató con respeto por haber logrado entrar. Por supuesto yo no era el único, habían otros incógnitos sin numero determinado. Nadie se identificaba, decían lo que tenían que decir y se perdían en el ciberespacio tan pronto como podían. Me di cuenta que no existía un moderador y nadie estaba obligado a responder. Eso sí, cualquiera podía expulsarme sin un motivo en especial. Permanecí unos minutos en silencio y luego intenté explicar de maneras absurdas que había encontrado algo, pero necesitaba saber si era o no. Nadie entendió, pero unos instantes después recibí una pregunta a modo de respuesta:

-¿Dónde?

Sorprendido, todo lo que supe decir fue: «una mañana».

Un silencio incómodo parpadeo con la línea del cursor antes de recibir otra respuesta, cifrada con una sola palabra:

-Volveré.

Y se desconectó.

No estaba seguro de lograr un segundo ingreso, ya que este fue accidental. Me fui a dormir asegurándome que el téndalo estaba en su lugar, bajo mi manga.

Al día siguiente vi que había cambiado. No me sorprendí, eso era natural porque el téndalo no ha sido definido por la palabra como sucede con una silla, una piedra, un árbol o un gato; todos debidamente descritos y caracterizados, sujetos a los parámetros que su definición ordena. La piedra es piedra y no puede cambiar; pero el téndalo no es así, ni la palabra «téndalo» es una nomenclatura humana, solo es una inherencia de su naturaleza y eso lo sabría cualquiera que pudiera verlo, mas nadie lo ha visto excepto yo que no estoy dispuesto a que la libertad de existir termine de joderse por siempre gracias a las rígidas definiciones humanas.

Ese día estuve muy tranquilo, ocupado en quehaceres placenteros como regar el jardín y bañar al gato. Una olla de lentejas para el almuerzo y toda la cama para pasar la tarde. De rato en rato volvía a mirar al téndalo y por momentos lo ponía sobre una silla, cuidando que el gato no se le acerque. Al caer la noche cerré puertas y ventanas, corrí las cortinas, puse seguros. En el ordenador iba apilando todas las mañas que conocía para cruzar las entradas prohibidas, cruzar las fronteras de los lugares seguros. Pero fracasé, solo conseguí acceder a aburridos documentos clasificados de Corea del Norte. Sabía que el ingreso estaba encriptado sin que nada hiciera sospechar la presencia de algún enlace, que tardé en volver a encontrar, ya cerca de la mañana.

-No deberías estar aquí – saludó alguien.

– No estoy: soy – repliqué.

Un guiño 😉  dio a entender que le hizo gracia mi respuesta. Al igual que antes, intenté explicar que había encontrado algo, y que era preciso saber si era o no (ahora que lo vuelvo a escribir  me doy cuenta que jamás lo hubiera entendido sin usar la palabra «téndalo»). Inmediatamente apareció la pregunta que ya conocía:

-¿Dónde?

-Una mañana- respondí.

Una vez más, me dejó unos minutos en suspenso como si estuviese reflexionando su próxima jugada. Finalmente escribió:

– Olvida tu pregunta. Si llegas a saberlo lo arruinarás- dijo.

Una arritmia ansiosa se apoderó de mi. ¿acaso sabía? ¿me han estado observando? mire alrededor mientras bebía un largo bocado de agua. Intenté sacarle algo más de información.

– Yo no sé nada, ni quiero saber- repuso con rotundidad.

Fue lo ultimo que dijo.

Luego fui expulsado y nunca más pude volver a ingresar. Pasé noches enteras tratando mientras veía cómo cambiaba el téndalo, a veces de color, de forma o de tamaño. Un día pesaba muchísimo y era imposible tenerlo bajo la manga. Por momentos me sentí prisionero de mi hallazgo aunque estaba claro que el téndalo era inocente de mis emociones y toda la culpa era mía.

Una tarde entera me dediqué a contemplarlo. La gente debería experimentar esto al menos una vez en la vida, el estar frente a algo que no se parece a nada. Es retador porque interpela todo lo que conoces e inclusive llegas a dudar de tus sentidos sin poder hacerte una idea. Quizás se trate de algo tan antiguo que Adán nunca llegó a nombrar o no tuvo tiempo debido a la expulsión del paraíso; en cualquier caso ha sido una fortuna que no lo hiciera o el téndalo sería otra existencia finita, ajena a todo lo extraordinario. He llegado a pensar que todo lo que lleva un nombre fue téndalo al principio y lo hemos arruinado con nuestras definiciones. Ojalá no hubiésemos puesto nombre a todo lo que nos rodea. Ojalá no hubiésemos creído que todo necesitaba ser definido, convertirse en característica y prototipo para así tener algún poder sobre lo que es. Me inclino a pensar que estoy en lo correcto y aunque todo esto siga siendo una teoría, no voy a arriesgarme;  dejaré que la humanidad siga ignorando lo que sé. Al cabo solo se refieren a los seres por sus nombres, sin saber que sólo el verbo es lo que importa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *