Ella me gustaba intensamente desde los quince años. La había visto algunas veces en la misa de las once, con su cabello castaño hasta a los hombros, y una expresión muy tranquila. Un amigo me la presentó una tarde y desde entonces no volvió a salir de mi cabeza. Recuerdo que hablamos dos o tres veces, ella con naturalidad se mantenía risueña y fresca, sin enterarse de nada; yo luchando por no enrojecer en su presencia, sintiendo la torpeza de no manejar la situación. Nadie te prepara para el primer amor. A medida que pasaba el tiempo me ponía más intenso, pensaba mucho en ella sin tomar ninguna iniciativa, contentándome solo con verla pasar alguna vez. Siempre ocurre todo en el mundo propio más que en el ajeno.
Pasaron los años y tomé mi rumbo, tuve amores y experimenté las incongruencias y el desdén de la separación, sufrí olvidos y también olvidé; tuve un empleo, hice amigos, inicié estudios y me proyecté para la vida adulta. Pero una mañana en lo inesperado me la encontré en la universidad, no sabía que estaba llevando estudios allí. Repentinamente me pareció que todo lo vivido se hizo humo, otra vez tenía quince años y no sabía cómo manejar la situación. Me puse nervioso, y me volvieron a subir los colores al rostro, pensé en pasar de largo fingiendo no haberla visto pero entendí que lo improbable de esta casualidad no iba a repetirse. En atención a todas mis tardes adolescentes sumergidas en evocar su imagen, me di vuelta simulando sorprenderme y la llamé por su nombre. Muy tranquila, ella fingió no reconocerme al principio y pasamos algún tiempo reconociéndonos, haciendo memoria y hablando de la vida, de esto y lo de más allá. Y por un tiempo volvimos a ser amigos.
Nunca hubo timidez tan grande como la mía, mi sentido de la insignificancia había sido cultivada cuidadosamente para no delatarme y no intentar nada. Y ahora estaba abriendo una puerta que nunca me había atrevido a cruzar. Una noche le invité a una función de danza contemporánea tratando de quedar como un tipo interesante, y la verdad lo hice muy mal: en mi falta de ecuanimidad no hice otros planes para después, de modo que saliendo del teatro me encontré sin saber qué hacer. Ella, con naturalidad sugirió ir a beber algo, y para mis adentros hice una fiesta que me costó disimular. Estaba incrédulo y ya había perdido un poco la espontaneidad, de modo que fuimos a un bar, ella tranquila y entretenida, yo caminando como un robot.
Las pintas de cerveza me devolvieron la confianza después de un rato, y disfruté de su compañía. A un lado de la barra había un pianista sereno y sesentón que ponía ese toque bucólico tan escaso en esta ciudad. La noche estaba animada y la concurrencia, varones en su mayoría, se encontraban en su mejor momento. A falta de chicas en la sala, cada vez que ingresaba una pareja era recibida entre aplausos y hurras hasta ruborizarlos, y lo mismo ocurría cada que se ponían de píe, caminaban por el pasillo o se iban al servicio. El ambiente estaba buenísimo.
Entre sorbos de cerveza me habló de una vida suya muy distinta a todas las ideas que siempre me había hecho. También le conté de mi y pude sentirme más natural. Algo de magia hubo; quizás el lugar o la gente, la función de danza contemporánea, o tal vez solo eramos nosotros mirándonos porque nunca lo habíamos hecho antes. Coincidimos en algunos gustos y pronto mis nervios se transformaron en carcajadas; nos sentíamos bien. Salimos del bar muertos de risa a las tres de la mañana y una incipiente llovizna nos esperaba en la plaza. Nos sentamos en sus bancas, contamos chistes, ensayamos bailotear a tarareo unos pasos de mambo que debieron quedarnos muy cómicos por efecto del alcohol. La noche no parecía acabarse, y me sentía feliz en ese tiempo que pasaba tan lento, tiempo irrepetible, tiempo con ella. Antes de comenzar a trastabillar abordamos un taxi y volvimos hasta su casa. Se sentó al otro lado de la mesa y conversamos los últimos minutos mientras la miraba con gran detenimiento, como queriendo que fuera real porque costaba creer las muchas cosas improbables que ocurrieron. Solo me limité a sonreír y amaneciendo nos despedimos con un solo abrazo. Volví feliz a mi casa.
No intenté besarla, arriesgarme a una negativa habría arruinado la noche y yo quería recordarla así, genial y perfecta como ninguna otra que había tenido. Tiempo después le confesé mi vieja y platónica admiración, y aunque sí llegó el beso soñado, ella se mantenía risueña y fresca, casi sin enterarse de nada. Supe entonces que no llegaríamos lejos, aunque experimenté cierta liberación y ya no tenia secretos. Le regalé algunos dibujos y al poco tiempo dejamos de frecuentarnos. Creo que nunca signifiqué lo que ella significó para mí, y no la culpo, yo tenía años pensándola y para ella apenas existí unos días. He sabido que se casó y que tiene una bonita familia, todo bien.
Por este lado de la historia aún siguen pasando los años y los olvidos aunque, ya llevo otros nombres además del suyo y me siento agradecido con lo que me ha tocado vivir. Imagino que está bien así porque, siempre ocurre todo en el mundo propio más que en el ajeno.

