Con ira esparcía carbón y ceniza, aullidos al pie de los abismos del tiempo. Estoy postrado ante las galaxias con la vergüenza del exilio, mirando el polvo que flota sin voluntad.
Sobre mi espalda yacen vacíos interminables, constelaciones que pueblan el oscuro desde el big bang, asteriodes ametrallados con meteoritos que a veces hacen escala entre las tetas de la Luna. Hace tiempo que me exilio aquí. Hace tiempo me escondí de su cara oculta, dispuesto a maldecir a todos los ancestros de nuestra estupidez.
Un par de eternidades transcurrieron hasta esa tarde de tormentas solares en que fueron oídas mis palabras. Lleno de asombro las pude vomitar con un beneplácito perverso y colosal. Sería un espasmo de la naturaleza la que insufló a estos seres no imaginados de cuya inexistencia no había duda, pero su ausencia lo colmaba todo, acudiendo en hordas como llamados por una campana, miles de seres ausentes hasta ser de tal número, que en su colosal inexistencia no quedaba espacio para la realidad. Y tuve que reducirme, compactarme y comprimir mis acusaciones, y tuve que alzar la voz para prevalecer ante la muchedumbre, y entonces, como profeta selenita me vi rodeado de seres dispuestos a creer, a pesar que cada uno de ellos era consiente de su propia ausencia.
Y por fin vomité, en alaridos universales toda la maldita verdad.
Ellos escucharon todo con solemnidad y asintieron, entonando un solo silencio respondieron al unísono lo único que mi corazón quería escuchar:
– Sí.
Soy el comandante Neil Armstrong desde el otro lado de la Luna. Ignoro la fecha y lo lamento: la última página del cuaderno de bitácora merecía un mejor final. Hace tiempo mis compañeros se marcharon llevándose a un extraño impostor en mi lugar. Cambio y fuera Houston, se acabo el papel.

