El faisán

Anjin-San había recibido un faisán luego de una cacería. En Europa, el faisán era un plato que la gente rica se podía permitir. Se dejaba secar al sol unos días antes de cocinarlo y con este fin, reunió  a todos y dispuso del faisán colgándolo en la puerta de un cobertizo, dejando claras instrucciones que nadie lo tocara. El quería demostrar a los japoneses las delicias de la cocina europea. Anjin-San no se daba cuenta que su mundo no era el único: en Japón, tener animales muertos a la vista era algo peor que desagradable, la putrefacción resultaba ofensiva e insalubre, y una falta de respeto por los demás difícil de superar.

Pero Anjin-San era el señor de esa casa, y nadie osaría contradecir sus indicaciones, fue así como el faisán quedó colgado a la vista de todos.

Días pasaron antes que Anjin-San regresara de su visita forzosa con señor Toranaga, y lo primero que pensó al volver fue el festín que habría en su casa, pero no encontró al faisán en el lugar que había dispuesto. Contrariado reunió a todos y preguntó a dónde lo habían guardado. Ellos se mostraron nerviosos sin responder, algo inusual en los japoneses. Notó tambien la ausencia del anciano al cuidado de los jardines y quiso saber donde estaba. Fujico-San con la voz entrecortada sin levantar la cabeza, explicó que el faisán había estado muchos días y el olor era intolerable; entonces el anciano jardinero cortó la cuerda y retiró al faisán. Despues lo enterró. Un poco divertido de las usanzas japonesas, Anjin-San quiso saber en dónde estaba el anciano. Entre sollozos, Fujico-San le recordó sus órdenes, que habían sido bastante claras: nadie tocará al faisán. En Japón desobedecer una orden del señor de la casa mansilla el honor de las personas, por tanto, el anciano jardinero, luego de librar a todos de la pestilencia del faisán descompuesto se quitó la vida.

Fué como si un rayo hubiese caido sobre la frente de Anjin-San. En su mundo los amigos podían maldecirse, hablar mal de sus madres y decirse todo tipo de cosas, y luego salir de las tabernas cantando ebrios e igualmente amigos. Pero estaba ahora en otro mundo, donde las palabras no se toman a la ligera. Entendió lo sucedido y un hondo espasmo de llanto se contrajo entre sus víceras hasta doblarlo por la mitad, sin poder parar la pena por su amigo, el anciano jardinero.

-Yo lo maté- se le oyó decir.

 

Resumen de un pasaje de ‘Shogun’
De James Clavel

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