El arte de rodar

Siendo canica valdría saber de dónde rodaste hasta aquí, que originó tu impulso y que lugares dejaste atrás. Preguntar por los reflejos que proyectaron tu curvatura de cristal, la huella de tu larga trayectoria.

Viniste de lejos o quizás caíste de otro lugar. Viajaste en el bolsillo de algún enano arrojándote al vacío en pos de tu propia historia, venciendo la partida contra otras canicas menos fervorosas. Aprendiste a rebotar contra el suelo, despostillándo cada golpe al perder altura. Pocos han visto al mundo desde allí, el vértigo en precipitación y el impacto antes de surgir otra vez hasta las nubes. Por un tiempo vagaste sin rumbo dominado por las fuerzas naturales, la gravedad estable de planicies o las viciosas inclinaciones dónde ruedas cuesta abajo sin conocer lo que te aguarda en el fondo, sin resistencia al vacío que contenga el devenir del concreto donde te estrellas, o con mejor suerte, el lecho de barro que descansa tus trajines.

Es duro ser canica y mandar a rodar al mundo. Tú diminuta redondez es como un remedo de las esferas colosales que vagan en el universo, compartiendo la misma anatomía y la misma incertidumbre del destino. Uno ha de saber rodar en un sistema, en un círculo polar, en un sendero a la nada que solo traslada su vórtice de paradojas gestionadas desde los límites de lo que es y su contraparte, la ausencia.

Hay poco que decir cuando se es canica, a pesar de la apariencia cristalina y esa plumilla de colores que trasluces desde el vientre.

Sin embargo rodar es lo tuyo bajo encargo o propia determinación, desatar esa fricción que deja tu evidencia por el surco del pasado. Sería necio criticar tu llenura, tu rechonchez, la curva de 360 que define tu agilidad: ¿Quién podría rodar mejor que tú? Qué cubo, qué pirámide pudiera dar la talla, acaso una rueda podría llegar más lejos o rebotar más alto, cambiar de dirección en cualquier instante sin perder control y equilibrio.

No importa, todo queda siempre en algún punto de la línea que trazó tu camino. Rodar es lo tuyo y total, para llegar lejos y a todas partes hace falta ser un poco paria, dicen que las buenas canicas hallarán su rumbo donde el sol se pierde, para bien o para mal.

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