Seguramente es de día traspasando la fronda que techa estos pantanos. El vapor que va flotando sobre las aguas atasca todo lo respirable mucho antes de tocar las fosas nasales. No hay bichos habitando estos confines, insectos, batracios o aves suspendidas en la tolerancia de esta pestilencia movediza. Se puede distinguir un crujir de cortezas entre el claroscuro de las matas, y quizás algún chapoteo burbujeante y pastoso.
No sentí el apremio de salir a campo abierto pese a que no podría haber estado más perdido, por lo contrario; lo inusual del paraje excitaba mi curiosidad, un cierto deseo de permanecer algún tiempo más, poner a prueba mi resistencia a la incertidumbre.
Sufrí las comezones que el contacto con la maleza iba provocando en mis pellejos a medida que me abría camino; debatiéndo entre rascarme los jodidos picores o dar el siguiente paso.
Más adelante descubrí una laguna pequeña oculta bajo la sombra, que apenas reflejaba sus bordes con la quietud de un vidrio polarizado. No quise tocar el agua, remover los escrúpulos de los seres que pudieran habitarla, así torcí el camino hacia unos peñascos para cruzar y seguir en tierra.
Un último vistazo hacia atrás delató en lo inesperado, el formarse de una aureola sobre el agua a unos metros. Instintivamente agazapé el cuerpo procurando no hacer ruido, quedando estático por algunos segundos con la máxima atención. Mis oídos comenzaron a zumbar con el silencio.
Nada.
Otra aureola se formó en el mismo instante en que asomé la cabeza. Entonces se escuchó un balbuceo desagradable que parecía estar lanzando improperios en la penumbra. Quién habría de creer lo que estaba mirando, si con frotarme los ojos aun permanecía sobre el agua esa especie de criatura que formaba círculos tocando al mínimo la superficie con la punta de sus extremidades, como si la charca lo sostuviera en medio de un paseo lunar. Agitaba a ratos su sombrero de hojas haciendo que flotara el polen con cierta inquietud, en tanto seguía balbuceando maldiciones, o eso me pareció. Pronto advirtió mi presencia y no le importó en absoluto si permanecía sin acercarme, aunque un ademán me hizo comprender que prefería no ser visto.
‘Es el rey de las plantas’ me dije ensayando alguna explicación, pero pronto sospechó mis pensamientos y con fastidio repuso que el reino vegetal no es un reino en verdad, los reinos y sus reyes son invenciones de los hombres estúpidos.
-No vengas- farfulló colérico cuando quise ponerme de pié.
Y me di cuenta de su figura pálida, enana como una lechuza. Quise saber la naturaleza de aquello, lo impensado de esa criatura inverosimil que con simpleza dijo de si misma que era lo que estaba viendo y no otra cosa; sentenciando que era asunto mío si eso no me parecía suficiente. Pero no era suficiente: puedo aceptar la existencia de aquello que no debería saberse, pero dejarse ver fue en todo caso, una impertinencia de su parte y ahora tengo preguntas imposibles de contener.
Los balbuceos continuaron muy centrados en sus asuntos. Quizás la criatura quiso salir hoy de su rincón habitual a dar una vuelta y tomar el fresco, o debería decir, la peste. Por lo demás, hace mucho que vive aquí y no tiene interés alguno por el mundo exterior.
-Todos los mundos fueron hechos por el mundo de tus ancestros, así que eres parte del pasado antes de ser el pasado mismo. En realidad solo una parte tuya está aquí, del resto de tí ni siquiera yo sabría decir.
Hay que reconocer que eran frases altisonantes que quería seguir escuchando aunque me inquietara lo enigmatico de cada una, sabía que no era pertinente interrumpir las disertaciones de semejante aparición. Lo que ignoramos permanece y nos rodea todo el tiempo. A veces es horrendo destruir lo que no debe saberse, lo incógnito también fue creado por el mundo de alguien más y no toda esa sapiencia esta moldeada para llegar a existir en otro mundo. El precio de conocer es ignorar aunque no siempre es un precio justo. Y diciendo esto se dio la vuelta y avanzó de puntillas sobre el agua hasta perderse de vista, balbuceando más cosas incomprensibles para sí mismo.
Contemplé su lenta fuga con incredulidad.
-¿Y el amor?- alcancé a preguntar con ansiedad mientras se alejaba.
Y soltó una risotada desde la oscuridad.

