Cuatro sueños cabalísticos: sueño tercero

Sueño tercero: Sardonio

Un sueño que se salió del sueño.

Unos pasos más adelante y todo vestigio de luz quedaría reducido una imagen guardada en la memoria, a pesar que todavía era visible la entrada, cincuenta metros atrás. No estoy seguro si se trata de un túnel, una cueva o algún tipo de estructura semejante; hay poco que decir de la rotunda oscuridad que ocultaban los metros venideros.

Ahí me hallé sin saber cómo, y a pocos pasos venía también una mujer que se me hizo familiar. Era joven y parecía tener el control de toda la situación. Avanzamos un trecho por la oscuridad hasta que se detuvo señalando hacia adelante, con dirección al suelo.

-«Sardonio» – reveló como alguien que te muestra un huevo de dinosaurio.

En el suelo sobresalían al ras, unos cristales oscuros y angulosos como el cuarzo. Era inusual encontrarlos en la superficie, ordinariamente están en capas más profundas de la corteza terrestre.  Con la entonación de recitar un arcano, la mujer explicó estas cosas y comprendí que debía tomarlo en serio, pues la hermenéutica no se revela sin una buena razón.

Ya despertando de este sueño, tuve una corazonada.

Nunca había escuchado la palabra, “sardonio”, me pareció que se trataba de otro elemento en la tabla periódica, como el “Circonio”. Decidí hacer algunas averiguaciones sorteando la duda que me causaba en principio su escritura: ¿sardonio o zardonio?

Una pista la obtuve en el único museo de minerales de mi ciudad, el resto de la información salió de la Internet: las ágatas llamadas “sardonitas” o “sardonices”, pueden encontrarse en el Brasil y están relacionadas con otras piedras de la India conocidas como “jaspe sardo”, de tonos jaspeados y rojizos. Y también esta el “sardonix”, una variante en la que predomina el ónix entre sus minerales componentes, un cristal oscuro de algunas vetas grises, también llamada «sardonio«.

Hallarla en mi ciudad no fue fácil y el precio que pagué por algunos ejemplares obedeció a la prisa por obtenerlas antes de la llegada del eclipse más largo de este siglo, en la tarde del viernes 27 de julio del 2018, día de mi nacimiento y de múltiples cambios estelares según los entendidos. Era única la ocasión de sumergir las piedras en agua con sal durante el eclipse para activar sus propiedades si acaso estas existen. Desde entonces casi siempre traigo una colgada al cuello, pero no es alguna creencia la que me impulsa a hacerlo, si no el recordatorio más concreto que tengo de que algunos sueños son reales.

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