Sueño segundo: el día que huimos de casa
Como una pesadilla pintada por Dalí, estaba mi casa en medio de la desintegración del mundo. Pasando la entrada solo habían acantilados con aguas inmundas como drenaje.
Muy cerca podía ver pequeños islotes de tierra firme, como plataformas. En cada una habían grupos de gente que conocía: compañeros de colegio, amigos de la juventud. También una llena de familiares amontonados en un pequeño espacio de tierra, personas importantes en momentos distintos de la vida.
Todos clamaban para que cruce hasta el otro lado y me fuera con ellos, un urgente llamado de salvación. Pude distinguir la ansiedad de sus miradas, tratando cada grupo de convencerme que eligiera su islote para salvarme en su compañía.
Pero algo me lo estaba impidiendo, y dando la espalda me puse frente a la casa buscando la puerta y el pasadizo hasta cruzar la entrada.
Dentro, la falta de lumbre haría pensar que no había nadie. Un rumor similar al sonido de la digestión provocaba inquietud desalentando a seguir adelante. Supe que debía salir enseguida, escapar de allí, pero quise persistir subiendo a la planta de arriba. Algunas gotas rodaban por mi frente sin percatarme que me estaba empapando con un humor denso, y todo el entorno se esmeraba en humedecer hasta filtrar en el liso de las paredes unas minúsculas gotitas de rocío espeso que brotaban desde el interior del concreto, juntándose unas con otras hasta formar pequeños chorros que comenzaban a deslizarse hasta caer.
Era sangre.
Mis padres dormían sin enterarse de nada mientras los techos formaban coágulos goteantes y densos como estalactitas; se podía escuchar borbotones hematosos como lluvia de petróleo en toda mi casa. Tras un forcejeo finalmente les pude despertar.
-¿Qué pasa?-
-¡Tenemos que irnos!, ¡ahora!-
Se incorporaron mirando la lluvia de sangre que manaba por las paredes del cuarto en tinieblas.
-Sí, tenemos que irnos-
Y comenzamos a salir sintiendo mucha desolación: era nuestro hogar y debíamos abandonarlo. Algún apego me impulsó asegurar las puertas y ventanas, dejar todo cerrado, al menos no cometer el insulto de largarme dejando la puerta abierta como si no importara la suerte que pudiera sobrevenir a mi lugar de toda la vida.
Pronto caí que no tenía las llaves, se habían quedado en el piso de arriba. Presa del pánico volví a las escaleras remojadas en glóbulos y plaquetas. La habitación estaba más horrenda que nunca, y con una desesperada maniobra cogí las llaves y escapé conteniendo el grito mientras cruzaba el pasadizo, que ahora era un túnel de goteras hasta la luz de la puerta.
Allá afuera las cosas no estaban mucho mejor, había que cruzar hacia alguno de los islotes donde nuestros conocidos nos llamaban. Atranqué la puerta de la calle con doble cerrojo y por un momento nos detuvimos en la contemplación de nuestra casa con un desolado alivio, como haría un marinero desde los botes viendo cómo las olas se tragan el barco.
-Tenemos que irnos- apremió mi madre.
Y entonces dimos la vuelta mientras guardaba las llaves en el bolsillo. tragué saliva y nos pusimos marcha hacia los acantilados, dispuestos a elegir un islote y cruzar. No dijimos mas palabras, y en el pecho flotaba el hondo deseo y la certeza de volver un día, cuando todo termine.

