Hay sueños y sueños, qué duda cabe. Sueños para ser soñados en plena vigilia y sueños que sueñas mientras sueñas sin advertir la diferencia; hay sueños vacíos y sueños que te dejan indiferente, sueños de rutina, sueños de lunes a viernes y sueños de los que no quieres despertar. También hay pesadillas que a veces no acaban al rayar el día, que te despiertan con sobresaltos y sudores, sueños inmundos, sueños que es mejor no soñar. Sueños húmedos inconfesables y pecaminosos, y sueños urgentes que necesitas para mantener la cordura; sueños de opio, sueños premonitorios, sueños que dan sueño y sueños que te mantienen despierto. Pero hoy hablaré de otro tipo de sueños, de esos que te hacen volver una y otra vez para lograr asimilarlos, sueños complicados que dejan una estela de sensaciones que conviene atender. En definitiva, sueños que no son como los otros, que no olvidas al pasar el tiempo y que dejan rastro en las personas, porque hay sueños y sueños.
Sueño primero: todo está bien.
Cuando todo está realmente bien.
Asomé por la ventana que da al exterior descubriendo una fresca y soleada mañanita, las calles estaban muy tranquilas y en los jardines del vecindario abundaban las rosas, los geranios y buganvilias trepando en los techos de los umbrales. Las vereda limpia parecía sacada de una canción de Chabuca, y todo no era más que mi calle de siempre, de todos los días. Pero en el aire se notaba algo distinto, un no sé qué poderosamente presente que solo puedo explicar con estas palabras: todo estaba bien.
No es que antes pensara que había algo malo; vivo en un lugar muy tranquilo, acostumbrado a los bemoles del vecindario, la vecina gritona que no saluda, el gato que maúlla a las mil quinientas, los hijos del vecino que salen a jugar pelota, el camión que recoge la basura y la cada día más ausente carretilla que vende pan. Era todo igual pero mucho mejor, como si de pronto el mundo se hubiera vuelto más pleno y la vida mostrara un vigor renovado y joven que llenaba todos los espacios de bienestar y una sensación de tranquilidad inusitada como paz interior. Los rayos de sol nuevecitos cruzaban las rejas y se metían entre las hojas y madreselvas, la claridad se apoderaba de todo lo que ya había palidecido, como una mañana rescatada de su atardecer transformada en mañanita de domingo por siempre jamás. Y salí sin ninguna prisa a las compras matinales del desayuno, la panadería, la señora que vende paltas y tamalitos; la plenitud que estaba por todas partes sin importar a dónde fuera, todo seguía estando magníficamente bien. No había bocinas en la avenida, y la gente andaba de buenas con sus familias, los amigos conversaban animadamente como en un día claro en tiempo de vacaciones. Bendita la quietud y benditos todos los rincones plenos a los que podía ir a sentarme y contemplar lo bien que estaba todo, sin la presión de ir a ninguna parte y sin nada urgente que atender, un estar allí con todas mis fuerzas, mi mente y mi corazón, tomando aire y tomando sol, tomando la mañanita que parecía recién salida de las manos de Dios. Respirar, respirar, respirar.
Cuando llegó el despertar y acabó la función, las calles volvieron a ser las de siempre y los apremios volvieron a mezclarse con la vida. No hubo desenlace, trama, ni personajes en especial; todo permaneció intacto y pleno hasta el mismo instante en que desperté. Pienso ahora, años después de este sueño, que solo he llegado a sentir cosas parecidas cuando aprendí a meditar, mas en su tiempo despertar no era mi opción y por mucho que quise, nunca logré volver a recuperar esa plenitud que quién sabe, sea un bocadito de lo que hay al otro lado de la vida.
