Traté de escapar de la luz ignorando la vida que corre tras la ventana. Contuve mis entrañas evitando revolcarme entre las sabanas. Es septiembre sobre los vecindarios de barrio decente y esforzado a la guarda de las apariencias.
Vagué por algunos libros para distraerme del dolor de cabeza. No resultó; las horas se hacen largas cuando la presión te urge a salir de la fiebre. Mis ultimas noches cocinan el mercurio de los termómetros hasta el absurdo: marcando los treinta y nueve grados obtuve delirios de persecución ; y delirios de grandeza llegando a los cuarenta grados. Cuando las temperaturas evaporaron mi noción de la materia, entraron en fusión la ebriedad de mis jaquecas y la certeza de estar al borde del desmayo.
Se hizo la sombra y pronto fui consciente de lo absurdo de mi carne. Un brazo asoma fuera de la frazada disimulando su identidad. Me importa un carajo, lo dejo ser mientras vigilo el exceso de abrigo como fingiendo ser un desconocido.
Cansado de tanto hervir, me dejé caer en la vacuidad justo cuando comenzaron a zumbarme los oídos.
Cuarenta y un grados.
Dispuesto a la ebullición de mis fiebres me volví ligero, ardiendo en las infecciones que sazonaban mi mareo. Quise aflojar mis riendas dejándome a la suerte de los cuatro vientos; pensé que se trataría de la muerte, que al fin había dado con mi nombre, pero no. Estas fiebres no tienen tanto presupuesto.
Cuarenta y dos grados.
Y el mundo comenzó a desintegrarse bajo la temperatura y mi conciencia de ser. Y me derrumbo y me vuelvo a derrumbar hasta que las sienes me explotaron con un estruendo irrepetible.
Ya no era yo cuando, como un anima me levante despellejado de materia, era un arranque de incertidumbre impactando de bruces contra la claridad. Bajo mis pies no había contacto con el suelo. Estaba en paz y solo una pregunta flotaba en mi transpiración:
-¿Qué voy hacer?…
Era libre.
Salí sobre las azoteas del mundo con una nueva sustancia de atravesar muros. Fui viajando a la intemperie sobre los techos borboritando olvido. Algunos perros confinados a la misma suerte me dedicaron un vistazo y supe de sus aullidos, de sus noches; y también supe que soy irrelevante en sus pensamientos.
Llegué al centro del mundo, al techo más solemne. No había cantos de coleóptero en el aire de esta ciudad poblada de ecos. En el lugar más alto y a punto de caer, una mole colosal que alguna vez se alzó por los aires, se hundía hoy en la petrificación. Sus alas proyectaban una sombra hasta el infinito y parecían ponerse en movimiento. La postura esbelta y su soberbia musculatura me hicieron pensar que en otro tiempo fue poderoso, inspirándome un temor ahogado. La sabiduría de sus pensamientos y su mirar por encima de las casas facilitó mi consciencia de la espera que antecede a la caída.
A pesar de mi sustancia no pude levitar lo suficiente ni escapar de su sombra. Imaginé su corazón intentando latir, alentándome a sacarlo de su contemplación, de su estruendoso silencio. Era algo que me superaba como el desierto al peregrino. No soporté presenciar más tiempo su escatología, su entrega involuntaria al llamado del destino, a la espada que al cabo de una eternidad le destronaría sin remedio hasta el precipicio de las generaciones, al juicio dictaminado por el confuso genoma de la piedra. Presa una cobardía inaudita escapé de su inmenso fenecer como se alejaría una balsa tras el hundimiento de un continente.
Asustado por esta visión volé hasta las llanuras encontrando amparo en un caserío, un campanario de barro habitado por lechuzas abrigadas en el canto. Me arrimé al umbral de una ventana y guardando silencio supe que podía comprenderlas. Al arrullo de sus salmos nació el deseo de ulular junta a ellas esas plegarias de cuarto menguante y fui feliz entre su calma parlanchina, aleteando un poquito e intercambiando de lugar de vez en cuando, entregado al abrigo y la penumbra. Me trataron con absoluta familiaridad y entre ellas me oculté dichosamente.
En el sereno de la noche asome a la ventana oliendo las copas de los árboles entregados al vaivén de la brisa. La fauna nocturna vivía su niñez jugando escondidas entre las ramas, entre las piedras, entre las cabañas abandonadas; entre las burbujas del río. Y ululaban las lechuzas, también ululaba el aire y las montañas, las aguas del pozo, las rocas y la Luna. Cerré los ojos en el refresco de saborearlo con mi respiración.
La noche roseada con chorros luz de plata atravesaba las rendijas del tejado. Una gravitación se apoderó de mi esencia y pronto me vi flotando como fibra de plumón en un espacio claroscuro, habitado por murmullos nocturnos. Temí ser interrumpido al aferrarme con placer a esta deriva, y era tremendo, no cesaba de prodigar sutilezas y cada espacio anhelaba ser levitado.
Con miradas de pluma, los secretos flotaban por todos los flancos sin terminar de caer. Secretos de viejo campanario o secretos de lechuza. Secretos de noche y de luna. Secretos que eran más bellos vestidos de secreto, y secretos claros, descubiertos un instante por los haces de luz que atraviesan la penumbra.
-Uhu!- ronroneó una lechuza enroscada y pequeñita.
Qué placer.
Quise en mi corazón quedarme aquí por el resto de mis días.
-Uhu!-respondió otra lechuza complacida.
Celebraron mi estar a la deriva, el olvido de las leyes naturales que me mantuvo ajeno a todas las miradas.

No quise irme, ni las lechuzas quisieron que me fuera, pero la naturaleza tiene sus propios planes por fuera de la fiebre.
Entonces vi reyes, dinastías, clanes; todos ellos auto proclamados y empeñados en mezclarse entre ellos con una endogamia viciosa, luchando por tener la palabra y embobándose con su propio discurso. En otro tiempo levantaron sus voces como castillos, inexpugnables como verdaderas fortalezas, como un homenaje de alaridos blindados dónde rebotan todas las miradas sacrílegas. Por un tiempo les resultó bien, pero hoy no tengo interés en reconocerlos. Paso de largo pudiendo atravesar sus paredes, sin husmear siquiera, les ignoro aunque ellos persistan en la ilusión de continuar hasta siempre con su ridículo privilegio.
Y me extravié en mis pensamientos, confundiendo la gravedad con el ensueño. Y extravié mi noción de las distancias, las estaciones y las mareas junto al eco de las olas. He vuelto a ser pluma, éter y lechuza; y en la conquista de la nada he visto la negrura de la noche, el eterno ulular de los cuerpos celestiales entregados hasta siempre a la ronda de las galaxias.
No sé cuánto ha pasado desde que salí. Todavía continúo volando sin prisa por volver. No sé bien qué será de mí allá abajo. Supongo que estoy bien, pues ya no siento el calor de las fiebres, el mareo ni esos dolores que atornillan al suelo. De vez en cuando sé que respiro hondo, que cambio de postura, y a veces llega a mí el fresco de una brisa. Quizás solo esté amaneciendo o quizás ya sea primavera.
Lima, 02 de julio, 2013.
