Yo quise cantar en la orilla del río, cantar en verdad como un pez alado levantando el cuello, liberando plumillas violeta de órbita libre. Y el agua arrimó un poco de espacio dispuesta a escucharme, cedió unas burbujas, me abrió un camino y así, chapoteando llegué hasta la orilla, sequé mis alas, y miré al rededor. El mundo es incierto y hermoso; para saberlo hay que mirar las montañas desde lejos, montañas propias y ajenas. Pero pronto no quedará ninguna. Sé que esto suena como un acertijo, pero no tan es raro. Lo raro es oír el canto de un Pájaro Dodo, porque no se entiende. La extinción es más fácil y algunos optamos por confundirnos entre el ADN buscando la forma de pasar por un pájaro cualquiera. Al final todos saben y han oído acerca del Pájaro Dodo pero nunca lo han visto, ni saben cómo es, cómo canta, de qué se alimenta.
De miles de formas me han llamado, y casi ninguna fue amable. Créeme, en parte lo entiendo: había que llamar de algún modo esa extraña figura, ese cuerpo desproporcionado, pico grotesco, esas costumbres peculiares que hacen fruncir el ceño, esas reacciones tan poco agraciadas que a todos encoge de hombros. Todos conocen pero nunca han visto un Pájaro Dodo, por eso me llama cada uno a su modo. Para una generación fui un ser otro planeta, para otros un ave de mal agüero, y aseguran algunos que debía ser una estatua de iglesia antigua. Y así muchos me fueron buscando semejanzas sin dar realmente conmigo.
La escasez de mi especie me sobrecoge a veces, y he olvidado la última vez que me topé con un amigo, mas no faltaron algunos romances: un par de palomas atraídas al verme distinto, hasta el día que advirtieron que soy de otra especie y huyeron despavoridas.
Y aún ando por ahí ocupándome en rarezas. Cada vez salgo menos, hablo con poca gente y les permito creer cualquier cosa porque la palabra de un bicho raro es difícil de aceptar, algunos defienden sus ingenuidades aunque tengan que matar para seguir en la inocencia. He visto incontables puertas ocupadas en el desprecio de las llaves que ruedan a sus pies. Cuando te vas extinguiendo estás realmente solo, aunque en el fondo todos lo estamos; la compañía siempre requiere presupuestos emocionales y si no tienes saldo, estás acabado.
Ahora que ya cruce la mitad de mi vida, no tengo descendencia ni compañera de mi especie, soy un ave en edades adultas al que todos tratan con un ceremonioso y distante respeto gracias a la corrección política. Llevo preguntas atravesadas en las entrañas, cosas sin nombre que solo puedo llamar por su semejanza con otras cosas, igual como otros hicieron conmigo. Es raro en verdad, pero no es tan raro porque soy un Pájaro Dodo y lo raro me es inherente, aunque nadie me haya visto, ni me haya escuchado, ni sepan cómo soy o de qué vivo; pero todos están seguros de conocerme.

