Hace pocos días me hizo gracia un artículo el http://www.ateneupopular.com , que enumeraba una lista de 50 razones para no casarse con un diseñador grafico (muy recomendable), pero más gracia aun me hizo la larga lista de comentarios sucesivos de quienes en buena cuenta confesaban sentirse retratados en un importante porcentaje de dichas razones. A mí en particular me cayó el Maná del cielo en esa que decía: “Se quedan viendo objetos ordinarios y se ríen solos (es porque ya están pensando en algo).” Esto me hizo retroceder a mi infancia más temprana.
De niño tuve un apodo que siempre me abochornó: “Marciano”. Nunca lo había entendido del todo hasta leer el mencionado post. Era verdad: hacía cosas extrañas a los ojos de otras personas. Un día estaba recogiendo ciertas extrañas flores que tenían más apariencia de insecto que de flor y quería comprobar si en realidad no eran insectos “fingiendo ser flores”. Otro día me encontraban revisando los medidores de luz de todas las casas porque quería comprobar si la línea de control de todos ellos era siempre del mismo color y si giraba a la misma velocidad. ¿Y saben qué? no giran a la misma velocidad, y no, no son del mismo color en todas las casas. El resto de muchachos estaba jugando futbol o estaba riendo de lo que yo hacía. No tenia los muñequitos de “Star Wars” ni las naves del escuadrón “Ultra”, porqué solía heredar multitudes de juguetes usados de los cinco hermanos que me preceden (generalmente carritos sin llantas, y si las tenían, yo no tardaba en hacerlas añicos), así que me acostumbré a crear mis propias diversiones: aprendí a hacer helicópteros de papel que giraban, dardos mortales con palitos de fosforo, marionetas de madera y hasta un carrito que podía caminar solo y que no usaba pilas. Todo construido con objetos simples de esos que ruedan por la casa sin uso alguno.
Hacia la adolescencia me gustaba visitar museos – y lo hacía religiosamente- los domingos. Mas tarde fingía ir a misa, cuando en verdad lo que hacía era pasear por la avenida para mirar más de cerca esos llamativos anuncios de neón que iluminaban “La Caravana” de la av. Sucre, el primer lugar en Lima donde se podía comer pollo a la brasa. Imaginaba mi habitación con luces de colores y mucha penumbra (nunca había entrado a una discoteca, en esos tiempos no eran comunes y estaban prohibidas para menores de edad). Cómo pasa el tiempo.
Hoy, muchos años después de haber hecho de esas rarezas mías una profesión (aunque en la Facultad de Arte también fui visto como bicho raro por algunos) me tomo un fin de semana para descansar. Se me ocurre salir a dar una vuelta: un abrigo porque el frio avanza, y mi cámara fotográfica por si me encuentro con algo interesante. No tengo prisa, voy a pié.
Muy pronto, en una avenida me encuentro con la enorme estructura de un edificio en construcción; era domingo y no había nadie trabajando. La escena de la grúa manual suspendida en el aire se me antojó deliciosa y rápidamente me dispuse a sacar la cámara y comenzar a capturar diferentes ángulos: contrapicados a poca luz, zoom a las columnas apuntaladas con soportes de madera en serie y ni un solo obrero a la vista. Era perfecto.
¿Perfecto dije?
Vaya, no tardó en aparecer una viejita mirándome fijamente desde una ventana, luego no tardó una segunda persona junto a ella y murmuraciones que no escuché pero deduzco. Luego fue el vigilante de la cuadra pidiéndome que me retire y al minuto un serenazgo motorizado pidiéndome una identificación. A nadie pareció convencerle el hecho de que soy un vecino de la zona y que vivo apenas a dos cuadras de allí. Finalmente tuve que retirarme ante la amenaza de un decomiso totalmente arbitrario. En fin, la historia se repite y la gente sigue pensando que soy un extraño, solo que antes se reían de mi, ahora me consideran peligroso. Confieso que parte de la culpa es mía: me fue difícil explicar para qué quería las fotos de aquel edificio nuevo en construcción, y qué pretendía hacer con ellas ( vamos, si yo mismo no lo sabía en ese momento!!)
Cuanto miedo tiene la gente si te portas distinto a ellas. Qué difícil es ser creativo en una ciudad como esta.
Y bueno, aquí una de las fotos que logré. Gracias por leer hasta aquí.

